Llevo una temporada algo preocupado por mi visión del mundo. Se dice que las personas son más radicales en su juventud y que conforme pasa el tiempo van suavizando sus posturas al cerciorarse de que no todo en la vida son blancos y negros (ahora no sé si se dice o lo digo yo, pero eso importa poco). Yo no tengo memoria de cuándo fue la última vez que estuve seguro de algo, así que a veces tengo la sensación de haber sido siempre viejo. Sin embargo, no sé si habré empezado a chochear o si estoy rejuveneciendo, porque de un tiempo a esta parte noto que me estoy radicalizando. Cada día soy más inflexible en mis postulados. El problema es que me he vuelto un radical del gris. Me explico.
Jóvenes o adultos, de viva voz o por escrito, en directo o en diferido, en persona, por la tele, por todas partes y de cualquier manera me topo con personas que muestran una envidiable seguridad en sus creencias hasta el punto de preponderar hasta las pausas que se toman para respirar. En frío es algo que me parece admirable pero en caliente me hierven la sangre hasta arrancar de mis entrañas al talibán de las medias tintas que oculto con todas mis fuerzas. Puede que no sepa de qué diablos están hablando, pero sé a ciencia cierta que no tienen razón. Al menos, que no tienen LA razón. Y es extraño porque al cabo del día esos momentos (cada vez más) son los únicos en los que no me arrepiento de decir SÉ en lugar de CREO. Y esto me lleva a una las cosas que más me sorprenden de mí mismo y es que intuyo que me estoy convirtiendo en una persona de fe.
Hace unos años, cuando me preguntaban si tenía fe respondía que no. Más bien esperanza. No estaba seguro de creer en lo que creía, pero la sola idea de que fuera posible me parecía hermosa. ¿Crees en la bondad del ser humano? No, pero sería precioso. ¿Crees que hay vida en otros planetas? Ni idea, pero molaría. Luego pasaba mi no fe por el tamiz de la ciencia y llegaba a conclusiones plausibles como que el análisis de la historia, si bien parece indicar que han habido muchísimas personas bondadosas, la suma del impacto de sus acciones suponen un porcentaje irrisiorio comparado con el de las personas que no lo son, o que la magnitud del universo y la reiteración de sus reglas visibles induce a pensar que la probabilidad de que haya vida en otros planetas es estadísticamente mayor que la de que hayamos ido a parar a una anomalía única e irrepetible.
Y tras tanto tiempo esperando y sin creer, ahora resulta que creo lo que antes sabía y sólo sé que los demás se equivocan en lo que creen saber. Tal vez, más que un hombre de fe, soy un gilipollas. Pero la verdad es que me entretengo mucho en estas divagaciones socraticocartesianas. De lo que sí estoy bastante inseguro es de que parte de mi problema, de esta afición al gris, podría radicar en una empatía enfermiza. Empatitis, podríamos llamarlo.
Vivo con la delirante sensación de que me resulta fácil ponerme en la piel del otro. No digo sentir lo que siente el otro, que sería mucho afirmar. Pero sí hacerme una idea, cuanto menos, de las dudas que deben aquejarle. Y así creo entender lo que dicen o hacen cuantos me rodean, pese a que no lo comparta ni, en muchos casos, pueda justificarlo. Simplemente lo explico. Me lo explico. Y en ocasiones doy la murga a quien comenta el error de escucharme para intentar explicárselo. Además de gilipollas, soy un plomo.

Algunos creerán que esta película deja en evidencia a Opus Dei, o que critica el fanatismo religioso de algunos padres. Para llevarme la contraria a mí mismo, diré que probablemente no se equivoquen. Pero Camino es, para mí, algo más. Es una fotografía de las miserias humanas, puestas al descubierto por la luz que irradia la sonrisa de una niña que descubre el amor. Una niña que empieza a hacerse mujer el día que deja de mirar el mundo como sus padres la han enseñado a mirarlo y que, quizás tímidamente, en silencio pero con firmeza, da los primeros pasos para a ser libre.