Iniciado el 18 de enero
Reflexionando sobre lo ocurrido, llegué a la moto y empecé a preparar los arreos cuando una voz a mi espalda me pidió la hora. Me di la vuelta mientras contestaba y me encontré con un rostro afable de unos treinta y tantos que me observaba a dos metros de distancia.
- ¿Puedo hablar un momento contigo?
- Sí, por supuesto.
- ¿No te molestará que te pregunte un extranjero? - me dijó preocupado.
- No. Claro que no. - contesté extrañado.
- Es que en esta ciudad hay muchos racistas. Gente que le molesta que un extranjero les hable...
Asentí imaginando lo desagradable que debe ser que alguien te mire mal al pedirle la hora simplemente por tener la piel un pelín más oscura. Me dije que el desconocimiento lleva al miedo y el miedo lleva a hacer cosas horribles. Una amiga me había dichi hace un tiempo que el racismo, como el nacionalismo y tantos otros ismos, es un mal que se cura viajando. Conozco gente que ha estado en muchos sitios y no le ha aprovechado nada, pero probablemente ir a un sitio no es viajar. Recordé un viaje hace muchos años que hice a Turquía. Guardo maravillosos recuerdos de aquellos días como una tarde de regateo entre acordes de guitarra y lingotazos de raki, el tranqulizador murmullo del agua en la Cisterna o el aroma del té en una cueva de la Capadocia. Pero muy especialmente la media hora que pasamos en una terracita en un parque de Konya acompañados por un vendedor de alfombras. Nos abordó en pleno paseo al oírnos hablar español y nos invitó a un té para poder practicar el idioma un rato. En pocos lugares del mundo me he sentido tan bien tratado. Todo esto acudía a mi mente mientras el improvisado amigo me explicaba que acababa de licenciarse en Túnez y que había venido a ampliar sus estudios y aprender idiomas. Me contaba lo complicado que es para alguien de su tierra el día a día en un país que, me dijo, miraba con recelo a los de fuera. Luego me pidió si podía dejarle algo para llamar a su país y pedir que le mandaran dinero.
No me gustó que en menos de dos minutos la agradable conversación (más bien monólogo porque no me dejó abrir boca) se hubiera transformado en una petición de dinero. Pero me había parecido muy amable así que me eché la mano al bolsillo. En cuanto noté que no estaba el monedero recordé que lo había guardado en la bolsa al pagar las hamburguesas. La bolsa estaba ya bien guardadita en el cajón de la moto pero no hacía falta sacarla. Había usado todas las monedas para no cambiar el billete de 50 euros que llevaba en la cartera e incluso Quckly me había tenido que dejar unos céntimos. Le dije que lo sentía pero no llevaba suelto. De hecho no llegué a decir la palabra "suelto" ya que tras el "no llevo" se precipitó a decirme que podíamos cambiar en el bar de al lado. Aquello tampoco me gustó. Tenía algo de prisa y no me apetecía cambiar el billete de 50 euros. Pensándolo fríamente es una tontería. ¿Qué mal me podía hacer perder unos minutos y cambiar un billete si podía ayudar a alguien? Pero ya había dicho que no llevaba y lo que pasó a continuación me disuadió de desdecirme.
Mi ex amigo me miró muy enfadado y me dijo que no se creía que no llevara nada.
- ¿Acaso eres un niño pequeño que sale a la calle sin dinero? - me dijo de muy malos modos. Por un segundo quise decirle que tan pequeño como él, pero me pareció innecesario. A continuación fue cuando me sacó de mis casillas.
- Si me hubieras dicho que no querías dármelo no hubiera pasado nada, pero me molesta que me mientan. Lo que pasa es que eres un racista. Si yo fuera de tu país me lo habrías dejado pero eres un racista. Sí. Un racista. Todos aquí sois racistas. Todos sois iguales.
Se marchó sin dejarme hablar mientras repetía el "todos sois iguales".
Cada día me molesta más la gente que proyecta en los demás sus propias fobias. Está claro que alguien que repite sin cesar "todos sois iguales" no es el más indicado para hablar de racismo. En un mundo donde esta lacra condena a la desesesperación a tantos millones de personas, utilizar estas acusaciones para defender lo indefendible me parece de lo más mezquino. El racismo es un problema muy serio que no podemos utilizar a la ligera. Probablemente soy racista. Y clasista. Y sexista. Y homófobo. Y estúpido. Y muchas cosas más. He nacido donde he nacido y cuando he nacido y dudo mucho que esté completamente libre de los defectos que afectan a tantas personas a mi alrededor. No pretendo ser mejor que nadie. Pero eso no le da derecho a nadie a exigirme que le haga un favor ni a juzgar mis motivaciones para no hacerlo. Y me duele especialmente esta situación porque individuos como el que me acusó sirven de excusa a cientos de racistas para afirmar, injustamente, que todos son iguales.
Actualizado el 29 de febrero
Ayer estaba guardando la bolsa en la moto cuando alguien me pidió la hora. Al responder levanté la cabeza y me reencontré con la sonrisa de mi ex amigo.
- ¿Puedo hablar un momento contigo?
- Ya hablamos el otro día.
Se echó a reir. Se dio la vuelta y se marchó como si tal cosa. Mientras se alejaba me di cuenta de que me sentía mucho mejor. Como si me hubieran quitado un peso de encima. El peso de haberlo juzgado mal y de que efectivamente fuera un estudiante de Túnez al que la desesperación hizo que se le calentara la boca. Creo que hoy soy un poco más racista que hace unos días. ¿Tan fácil es sacar lo peor de nosotros mismos? Me tenía por una persona más cabal. Como tantas veces, me equivocaba.
domingo, 2 de marzo de 2008
viernes, 29 de febrero de 2008
Coming soon
Lo sé. Llevo muuuucho tiempo desaparecido. Pero ya se han acabado los exámenes, las notas están entregadas y en breve volveré por mis lares blogueros. Tengo un par de artículos a medias. El siguiente es la continuación del último que escribí. Lleva empezado desde... uf!
En breve lo colgaré.
Mientras tanto, y para entreteneros un poquito, ahí va un vídeo. No busquéis un sentido a porqué éste y no otro. El otro día reencontré un viejo CD con emepetreses de canciones de los ochenta. De esas que salían en los discos que regalaban las cajas de ahorro por navidad (las buenas costumbres se van perdiendo) con los éxitos del año. En esos discos podías encontrar lo último de Miguel Bosé (Supersuperman...) con Peret (Borriquitocomotú), Mocedades, Serrat, José Innombrable Vélez, Humet... Vaya. Lo que se llamaba un pupurrí en toda regla. Esta canción salía en uno de ellos. No he vuelto a saber de la cantante. De hecho, hasta que reencontré el CD estaba convencido de que era de Mari Trini. En fin. Que disfrtéis de las maravillas de la televisión de los ochenta.
En breve lo colgaré.
Mientras tanto, y para entreteneros un poquito, ahí va un vídeo. No busquéis un sentido a porqué éste y no otro. El otro día reencontré un viejo CD con emepetreses de canciones de los ochenta. De esas que salían en los discos que regalaban las cajas de ahorro por navidad (las buenas costumbres se van perdiendo) con los éxitos del año. En esos discos podías encontrar lo último de Miguel Bosé (Supersuperman...) con Peret (Borriquitocomotú), Mocedades, Serrat, José Innombrable Vélez, Humet... Vaya. Lo que se llamaba un pupurrí en toda regla. Esta canción salía en uno de ellos. No he vuelto a saber de la cantante. De hecho, hasta que reencontré el CD estaba convencido de que era de Mari Trini. En fin. Que disfrtéis de las maravillas de la televisión de los ochenta.
viernes, 18 de enero de 2008
Soy gay
En alguna ocasión ya he hablado de los prejuicios. Quien más quien menos, en mayor o menor medida, todos los tenemos. Ya sea por la educación que hemos recibido, el entorno en el que nos hemos movido, la lengua que hablamos, las frases hechas que utilizamos... estamos rodeados de prejuicios que antes o después aparecen aunque sea de la forma más inocente o bienintencionada. La historia de hoy (y la de mañana) tiene algo que ver con esto.
El otro día entré a la cafetería que hay al lado de la oficina con mi amigo Quikly. Casi todos los martes y jueves solemos reunirnos allí con la excusa de resolver asuntos pendientes del trabajo. Y casi siempre acabamos hablando de fútbol, series y cachivaches informáticos mientras nos metemos entre pecho y espalda el insuperable bocata de hamburguesa casera con queso y cebolla que sirven allí. Hace años que trabajamos juntos, en dos empresas y tres barrios distintos, y siempre acabamos encontrando un bareto donde sirven alguna especialidad rica en colesterol que incorporamos a nuestra rutina semanal.
Así que ahí estábamos otra vez, en la misma esquina de la barra, con las mismas conversaciones, con la misma cara de mosqueo por los problemas del curro (que son siempre los mismos) pero, esta vez, con una diferencia. Las fiestas navideñas nos habían traído el famoso virus intestinal y no teníamos el estómago para hamburguesas.
Nada más sentarnos vimos a la camarera que nos reconoció inmediatamente desde el otro lado de la barra. Tras un año pidiendo siempre lo mismo, lo primero fue advertirle que hoy no tocaba hamburguesa. Dos bikinis y agüita mineral.
- ¿Qué pasa? -preguntó extrañada.
- El famoso virus intestinal. -le respondí.
- ¿Los dos?
- Pues sí. -contesté riendo.
- Uf. Aquí también ha habido varios que han caído. Yo también. Pero he tenido que pasarlo sola. Al menos si lo pasas con alguien se lleva mejor...
En este punto es cuando Quikly y yo nos miramos y empezamos a partirnos de risa.
- Sí claro -respondo-. Supongo que si lo pasas con alguien se lleva mejor. -y no sé si voluntariamente o no, recalco mucho el supongo. Como se me queda mirando con cara rara, me explico.
- Es que yo también lo he pasado solo.
Sigue con la misma cara rara y no podemos aguantarnos más la risa. Como tiene dudas, insiste.
- ¿Pero no han dicho que habían estado enfermos los dos?
- Sí. Aunque distintos días. Y cada uno en su casa.
- ¿Pero son amigos no? -se ha esforzado mucho en no recalcar el "amigos".
- Sí, claro. -respondo poniendo cara de "¿y qué tiene que ver el que seamos amigos conque pasemos los virus sólos o acompañados?"
Como no está muy convencida cambia de estrategia.
- Pues qué suerte ser amigos y trabajar juntos.
- Pues sí. Pero vaya. Sólo coincidimos dos días a la semana.
- Ah. Es que como siempre vienen juntos y comen lo mismo...
- Sí. Los dos días a la semana que coincidimos en la oficina.
- Ah.
Y se va poco convencida a encargar los bikinis mientras nosotros no podemos aguantarnos la risa. Cuando lo comentemos en la oficina se van a mear.
Le he dado vueltas a la escena y me sigue pareciendo muy divertido que la camarera pensara que somos pareja porque comemos lo mismo. De hecho, uno de los principales motivos de separación es la incompatibilidad alimenticia. Junto con la incompatibilidad térmica y otras muchas incompatibilidades que ahora no vienen al caso. Podríamos resumirlo en que las parejas incompatibles suelen separarse, excepto, claro está, las más obstinadas. Pero sería bonito que la gente se emparejara en función de los gustos culinarios. ¿Te van las rubias o las morenas? Las papas fritas con chorizo.
Pero desvaríos aparte, le doy vueltas a mi reacción ante el equívoco. Aparte de lo que nos hemos reído... ¿nos ha incomodado que pensara que éramos pareja? La verdad es que no nos hemos esforzado demasiado en disuadirla, entre otras cosas porque la situación era divertida. Pero podríamos haberla enredado un poco más. O seguirle el juego. O pasar de todo y decir que sí para cambiar de tema.
Así que le he dado vueltas para ver si mi reacción era homófoba. ¿Qué hubiera pasado si hubiera estado comiendo hamburguesas con Rihanna (por poner un ejemplo)? Pues que hubiera aprovechado la confusión para arrimarme y, con una sonrisa de oreja a oreja, alargar el tema todo lo que me hubiera dejado... Rihanna. ¿Y si hubiera estado con Yola Berrocal? Pues hubiera cortado el asunto inmediatamente dejando bien clarito que lo único que comparto con la susodicha son los gustos culinarios (espero que ni eso). ¿Qué conclusión saco de todo esto? Que Quikly no es Rihanna pero, afortunadamente, tampoco es Yola Berrocal. A la cama no te irás sin saber una cosa más. Pues eso. Buenas noches.
El otro día entré a la cafetería que hay al lado de la oficina con mi amigo Quikly. Casi todos los martes y jueves solemos reunirnos allí con la excusa de resolver asuntos pendientes del trabajo. Y casi siempre acabamos hablando de fútbol, series y cachivaches informáticos mientras nos metemos entre pecho y espalda el insuperable bocata de hamburguesa casera con queso y cebolla que sirven allí. Hace años que trabajamos juntos, en dos empresas y tres barrios distintos, y siempre acabamos encontrando un bareto donde sirven alguna especialidad rica en colesterol que incorporamos a nuestra rutina semanal.
Así que ahí estábamos otra vez, en la misma esquina de la barra, con las mismas conversaciones, con la misma cara de mosqueo por los problemas del curro (que son siempre los mismos) pero, esta vez, con una diferencia. Las fiestas navideñas nos habían traído el famoso virus intestinal y no teníamos el estómago para hamburguesas.
Nada más sentarnos vimos a la camarera que nos reconoció inmediatamente desde el otro lado de la barra. Tras un año pidiendo siempre lo mismo, lo primero fue advertirle que hoy no tocaba hamburguesa. Dos bikinis y agüita mineral.
- ¿Qué pasa? -preguntó extrañada.
- El famoso virus intestinal. -le respondí.
- ¿Los dos?
- Pues sí. -contesté riendo.
- Uf. Aquí también ha habido varios que han caído. Yo también. Pero he tenido que pasarlo sola. Al menos si lo pasas con alguien se lleva mejor...
En este punto es cuando Quikly y yo nos miramos y empezamos a partirnos de risa.
- Sí claro -respondo-. Supongo que si lo pasas con alguien se lleva mejor. -y no sé si voluntariamente o no, recalco mucho el supongo. Como se me queda mirando con cara rara, me explico.
- Es que yo también lo he pasado solo.
Sigue con la misma cara rara y no podemos aguantarnos más la risa. Como tiene dudas, insiste.
- ¿Pero no han dicho que habían estado enfermos los dos?
- Sí. Aunque distintos días. Y cada uno en su casa.
- ¿Pero son amigos no? -se ha esforzado mucho en no recalcar el "amigos".
- Sí, claro. -respondo poniendo cara de "¿y qué tiene que ver el que seamos amigos conque pasemos los virus sólos o acompañados?"
Como no está muy convencida cambia de estrategia.
- Pues qué suerte ser amigos y trabajar juntos.
- Pues sí. Pero vaya. Sólo coincidimos dos días a la semana.
- Ah. Es que como siempre vienen juntos y comen lo mismo...
- Sí. Los dos días a la semana que coincidimos en la oficina.
- Ah.
Y se va poco convencida a encargar los bikinis mientras nosotros no podemos aguantarnos la risa. Cuando lo comentemos en la oficina se van a mear.
Le he dado vueltas a la escena y me sigue pareciendo muy divertido que la camarera pensara que somos pareja porque comemos lo mismo. De hecho, uno de los principales motivos de separación es la incompatibilidad alimenticia. Junto con la incompatibilidad térmica y otras muchas incompatibilidades que ahora no vienen al caso. Podríamos resumirlo en que las parejas incompatibles suelen separarse, excepto, claro está, las más obstinadas. Pero sería bonito que la gente se emparejara en función de los gustos culinarios. ¿Te van las rubias o las morenas? Las papas fritas con chorizo.
Pero desvaríos aparte, le doy vueltas a mi reacción ante el equívoco. Aparte de lo que nos hemos reído... ¿nos ha incomodado que pensara que éramos pareja? La verdad es que no nos hemos esforzado demasiado en disuadirla, entre otras cosas porque la situación era divertida. Pero podríamos haberla enredado un poco más. O seguirle el juego. O pasar de todo y decir que sí para cambiar de tema.
Así que le he dado vueltas para ver si mi reacción era homófoba. ¿Qué hubiera pasado si hubiera estado comiendo hamburguesas con Rihanna (por poner un ejemplo)? Pues que hubiera aprovechado la confusión para arrimarme y, con una sonrisa de oreja a oreja, alargar el tema todo lo que me hubiera dejado... Rihanna. ¿Y si hubiera estado con Yola Berrocal? Pues hubiera cortado el asunto inmediatamente dejando bien clarito que lo único que comparto con la susodicha son los gustos culinarios (espero que ni eso). ¿Qué conclusión saco de todo esto? Que Quikly no es Rihanna pero, afortunadamente, tampoco es Yola Berrocal. A la cama no te irás sin saber una cosa más. Pues eso. Buenas noches.
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