viernes, 14 de marzo de 2008

Dostoievski es un suplicio

Existe la sensación (quizás más que una sensación) de que en España se lee poco. Creíamos que la culpa era del sistema educativo, pero quizás lo es del sistema penal. Un juez turco nos ha iluminado a todos con una sentencia que no sólo servirá pero ayudar en su reinserción a dos ladronzuelos sino que sin duda elevará el nivel cultural de la ciudadanía turca a cotas insospechadas. Al menos, de la ciudadanía que pasa un tiempecito a la sombra.

Parece ser que un par de chorizos fueron pillados en flagrante delito. Los arrestados confesaron su culpabilidad y mostraron arrepentimiento, por lo que el juez decidió ser benévolo. ¿Benévolo? Según se mire. El magistrado ha condenado a los infractores a cinco meses de prisión durante los cuales tendrán que dedicar al menos tres horas diarias a, ojito, ¡leer!. Como no se fía de que realmente lean, el juez, que seguramente fue a mi cole, ha optado por seguir la misma táctica que aplicaban en la escuela para asegurarse de que habíamos leído lo mandado cuando nos castigaban: hacer resúmenes de lo leído.

Por un momento pensé en pillarme un vuelo barato y acercarme a Turquía a robar algo, a ver si me caían cinco mesecitos de retiro literario. El problemilla es que el juez no tiene suficiente con obligarte a leer. Encima decide qué debes leer. Y para empezar con buen pie su primera elección ha sido la más lógica: Crimen y Castigo, de Fiódor Dostoievski. Supongo que la siguiente lectura será El idiota.

No sé qué pensaría el amigo Fiódor si levantase la cabeza y viera que en algunos países la lectura de su obra más célebre se considera una condena. Yo creo que le haría gracia. En cualquier caso, una de las explicaciones que ha dado el juez a esta peculiar sentencia es que los ladrones colaboraron con la policía y no mataron a nadie. De haberlo hecho el castigo hubiera sido mucho más duro. Qué se yo... ¿Las obras completas de Ken Follet? ¿Dan Brown? ¿¿Paulo Coelho?? Buf. Voy a revisar la Convención de Ginebra a ver qué dice al respecto...

Turquía condena a dos ladrones a leer 3 horas al día, en La Vanguardia

martes, 4 de marzo de 2008

Pippo noi fu rapito


Ayer murió el que para muchos era el último superviviente de una generación mitica de cantantes de ópera. Giuseppe Di Stefano fue uno de los tenores más aclamados en la década de los 50 y principios de los 60, cuando triunfaban voces legendarias como Del Mónaco, Corelli, Tebaldi, Bergonzi, Gobbi o María Callas, con quien compartió escenario en numerosas ocasiones. Sin embargo la mayoría de los críticos coinciden en que, pese a sus grandes cualidades, apenas pudo mantenerse una década entre los más grandes.

La leyenda de Di Stefano encarna a la perfección el tópico del Tenore ególatra que tras unos inicios brillantes dilapida su voz y su carrera en una espiral de egolatría, excesos, celos y rencillas. Algunos creen que no supo acotar su reperterio y se dejó la voz en papeles que no le convenían. Él achacaba sus problemas de garganta a la calefacción de los teatros, mientras degustaba un humeante habano. En cualquier caso, dejó para la historia interpretaciones míticas en algunos de los principales papeles de tenor lírico. Como homenaje, dos de sus personajes más celebrados: el Duque de Mantua en Rigoletto (Verdi) y Edgardo en Lucia de Lamermoor (Donizetti).




Ella mi fu rapita - Rigoletto (Verdi)


Fra poco me ricovero - Lucia de Lamermoor (Donizetti)


Giuseppe di Stefano, uno de los tenores legendarios del siglo XX, en El País

Giuseppe di Stefano, 'el tenor de la Callas', en El Mundo

Di Stefano ha muerto, en Medicina del cant

domingo, 2 de marzo de 2008

Soy racista

Iniciado el 18 de enero

Reflexionando sobre lo ocurrido, llegué a la moto y empecé a preparar los arreos cuando una voz a mi espalda me pidió la hora. Me di la vuelta mientras contestaba y me encontré con un rostro afable de unos treinta y tantos que me observaba a dos metros de distancia.

- ¿Puedo hablar un momento contigo?
- Sí, por supuesto.
- ¿No te molestará que te pregunte un extranjero? - me dijó preocupado.
- No. Claro que no. - contesté extrañado.
- Es que en esta ciudad hay muchos racistas. Gente que le molesta que un extranjero les hable...

Asentí imaginando lo desagradable que debe ser que alguien te mire mal al pedirle la hora simplemente por tener la piel un pelín más oscura. Me dije que el desconocimiento lleva al miedo y el miedo lleva a hacer cosas horribles. Una amiga me había dichi hace un tiempo que el racismo, como el nacionalismo y tantos otros ismos, es un mal que se cura viajando. Conozco gente que ha estado en muchos sitios y no le ha aprovechado nada, pero probablemente ir a un sitio no es viajar. Recordé un viaje hace muchos años que hice a Turquía. Guardo maravillosos recuerdos de aquellos días como una tarde de regateo entre acordes de guitarra y lingotazos de raki, el tranqulizador murmullo del agua en la Cisterna o el aroma del té en una cueva de la Capadocia. Pero muy especialmente la media hora que pasamos en una terracita en un parque de Konya acompañados por un vendedor de alfombras. Nos abordó en pleno paseo al oírnos hablar español y nos invitó a un té para poder practicar el idioma un rato. En pocos lugares del mundo me he sentido tan bien tratado. Todo esto acudía a mi mente mientras el improvisado amigo me explicaba que acababa de licenciarse en Túnez y que había venido a ampliar sus estudios y aprender idiomas. Me contaba lo complicado que es para alguien de su tierra el día a día en un país que, me dijo, miraba con recelo a los de fuera. Luego me pidió si podía dejarle algo para llamar a su país y pedir que le mandaran dinero.

No me gustó que en menos de dos minutos la agradable conversación (más bien monólogo porque no me dejó abrir boca) se hubiera transformado en una petición de dinero. Pero me había parecido muy amable así que me eché la mano al bolsillo. En cuanto noté que no estaba el monedero recordé que lo había guardado en la bolsa al pagar las hamburguesas. La bolsa estaba ya bien guardadita en el cajón de la moto pero no hacía falta sacarla. Había usado todas las monedas para no cambiar el billete de 50 euros que llevaba en la cartera e incluso Quckly me había tenido que dejar unos céntimos. Le dije que lo sentía pero no llevaba suelto. De hecho no llegué a decir la palabra "suelto" ya que tras el "no llevo" se precipitó a decirme que podíamos cambiar en el bar de al lado. Aquello tampoco me gustó. Tenía algo de prisa y no me apetecía cambiar el billete de 50 euros. Pensándolo fríamente es una tontería. ¿Qué mal me podía hacer perder unos minutos y cambiar un billete si podía ayudar a alguien? Pero ya había dicho que no llevaba y lo que pasó a continuación me disuadió de desdecirme.

Mi ex amigo me miró muy enfadado y me dijo que no se creía que no llevara nada.

- ¿Acaso eres un niño pequeño que sale a la calle sin dinero? - me dijo de muy malos modos. Por un segundo quise decirle que tan pequeño como él, pero me pareció innecesario. A continuación fue cuando me sacó de mis casillas.

- Si me hubieras dicho que no querías dármelo no hubiera pasado nada, pero me molesta que me mientan. Lo que pasa es que eres un racista. Si yo fuera de tu país me lo habrías dejado pero eres un racista. Sí. Un racista. Todos aquí sois racistas. Todos sois iguales.

Se marchó sin dejarme hablar mientras repetía el "todos sois iguales".

Cada día me molesta más la gente que proyecta en los demás sus propias fobias. Está claro que alguien que repite sin cesar "todos sois iguales" no es el más indicado para hablar de racismo. En un mundo donde esta lacra condena a la desesesperación a tantos millones de personas, utilizar estas acusaciones para defender lo indefendible me parece de lo más mezquino. El racismo es un problema muy serio que no podemos utilizar a la ligera. Probablemente soy racista. Y clasista. Y sexista. Y homófobo. Y estúpido. Y muchas cosas más. He nacido donde he nacido y cuando he nacido y dudo mucho que esté completamente libre de los defectos que afectan a tantas personas a mi alrededor. No pretendo ser mejor que nadie. Pero eso no le da derecho a nadie a exigirme que le haga un favor ni a juzgar mis motivaciones para no hacerlo. Y me duele especialmente esta situación porque individuos como el que me acusó sirven de excusa a cientos de racistas para afirmar, injustamente, que todos son iguales.

Actualizado el 29 de febrero

Ayer estaba guardando la bolsa en la moto cuando alguien me pidió la hora. Al responder levanté la cabeza y me reencontré con la sonrisa de mi ex amigo.

- ¿Puedo hablar un momento contigo?
- Ya hablamos el otro día.

Se echó a reir. Se dio la vuelta y se marchó como si tal cosa. Mientras se alejaba me di cuenta de que me sentía mucho mejor. Como si me hubieran quitado un peso de encima. El peso de haberlo juzgado mal y de que efectivamente fuera un estudiante de Túnez al que la desesperación hizo que se le calentara la boca. Creo que hoy soy un poco más racista que hace unos días. ¿Tan fácil es sacar lo peor de nosotros mismos? Me tenía por una persona más cabal. Como tantas veces, me equivocaba.